viernes, septiembre 23, 2005

The Earth

Hacía unos diez años que no cruzaba por la tierra. Me refiero a la tierra amarilla, la alfombra dorada, el campo sembrado que cortan estrechos caminos, esos caminos que remontan colinas y descienden en rampas que descubren amplias hoyadas, en ocasiones levemente perturbadas por alguna pequeña aldea a la que se llega siguiendo el mismo, inmutable camino. Aquellos tiempos sí que eran de bicicletas en verano, de cielos azules al llegar la primavera o de amenazadoras nubes que precedían a las tormentas. Sin embargo, toda esa imaginería (tan tópica por otra parte) había ido cediendo ante la monotonía de la ciudad, y en mi recuerdo se fue asentando la imagen de una Salamanca gris: cielo gris, edificio gris; en la distancia contemplaba un bosque de encinas que delimitaba la frontera entre este mundo y otro realmente vivo (y si esta dicotomía de la vida/muerte se pone de relieve a la altura de un plano visual (meramente espectrofotométrico), uno se pregunta si está vivo o está muerto, si lo que vemos gris es un mal sueño, una pesadilla, y lo que soñamos es de hecho el mundo real).

Y ahora, muchos años después, (una tarde de mediados de Agosto para ser exactos), decidí pertrecharme con un chándal y unas sandalias, y tomar la bicicleta para salir del ambiente opresivo que se respiraba en mi casa (es decir, para tomarme un descanso tras el estudio de las asignaturas que año tras año incluyen en el plan de estudios para destrozarme los veranos). Tomé la primera salida a la derecha, una cuesta ascendente, y una vez arriba, seguí subiendo, y cuando desemboqué en el punto más alto, se abrió ante mí un inmenso páramo, la frontera de mi mundo, un mar de espigas que una valla cortaba abruptamente. Llegué hasta el final de la calle, crucé una puerta de alambre, y salí a un estrecho camino, por donde subí hasta que los ladridos de unos perros infundieron en mí un sentimiento de respeto por la madre naturaleza que impidió por unos instantes que profanara con el neumático sintético de mi rueda la tierra yerma de nuestra provincia. No obstante, al comprobar con agrado que los ladridos provenían del interior de un recinto vallado por sus cuatro costados, reemprendí mi marcha sin ser consciente de lo que me depararía el destino en mi peregrinar.

Y lo que me deparó el destino no fue sino la remembranza de los cielos azules del verano. Entré de nuevo en el mundo sueño, y volví a recordar, como si la tierra hubiera asimilado la capacidad de la savia telúrica (el agua) de hacer realidad nuestros sueños (¿o es el sueño el que hace realidad nuestros recuerdos?), días de verano en los que se oyen cortadoras de césped, y las cosas son más grandes que ahora que uno ya ha crecido (algunos más y otros menos, pero no sólo me refería al tamaño), y los tejados de las casas reflejan la luz, y los árboles tienen hojas verdes, grandes hojas verdes, y en la pista los niños juegan al fútbol, pero los niños no eran tan niños entonces, eran amigos...

La tierra necesita agua, pero también necesita sangre. Uno por aquellos tiempos veía a los indios como malos (aunque personalmente las películas del Oeste que más me gustaban no incluían a los indios como malos, y muchas veces tampoco como buenos, simplemente no tenían más importancia que la de simples testigos o extras) que desbordaban al pobre John Wayne, sin darse cuenta de que ellos morían por la tierra, por su tierra. Y ahora uno se da cuenta de eso, pero John Wayne no ha dejado de ser un héroe, luchara contra quien luchara, él también se debía a la tierra, que conquistaba para los conquistadores. Pero no era un asesino, ni un fascista; los indios simplemente eran sus adversarios. Era un héroe.

Al pasar la finca de los perros, una colina sembrada de cereal se alza ante mí, pero el camino la bordea a lo largo de unos metros, y entonces, la ataca por sorpresa para subirla, y poder dominar el terreno inferior como si de una atalaya se tratase. Miro al frente, siguiendo el camino, y encuentro el bosque de encinas. A su izquierda, elevándose en otra colina frente a la mía, se alza el renombrado pueblo de Pelabravo, y a la izquierda de este unos montes que anticipan una orografía más escarpada, del otro lado de la carretera de Madrid, y más allá incluso, del otro lado del río. Para llegar a Pelabravo se puede tomar el primer desvío del camino hacia la izquierda, y volviendo a girar a la derecha unos metros más lejos para remontar la nueva colina, o bien uno puede internarse en el bosque. Cruzando un corto sendero descendente por entre una vegetación que, si bien no es demasiado escasa, denota un régimen muy seco nos llegamos hasta las ruinas de unas casas (Casasviejas), y volviendo a subir ahora por un camino prolijo en areniscas, jalonadas sus lindes por fantasmales encinas, se termina por desembocar en otro campo de trigo, cortado por el medio por un camino embarrado y surcado por pesadas cosechadoras. Sea cual sea el origen, nuestro destino es un camino pedregoso que a su derecha sostiene una plantación verde de maíz y a su izquierda...nada: vallas, cardos, tierra, tierra, tierra. Al final de la calzada, el pueblo.

...estiro una pierna, el talón va hacia atrás, la rodilla se dobla, vuelvo a estirar. La rueda trasera gira a varias revoluciones por minuto, son muchas más que las revoluciones por segundo, más que las revoluciones en una milésima de segundo, mucho más que un instante infinitamente pequeño. En ese instante, el caucho que rodea la cámara de aire penetra en la tierra, arena, barro (sílice, agua), y desintegra la eterna modalidad de los cuerpos materiales sólidos cediéndoles parte de esa ingravidez inmaterial que los suspende en el vacío durante ese instante, para acabar de nuevo sedimentando sobre los viejos restos del polvo que configura nuestra ciudad y nos configura a nosotros mismos (esto de tomar cada vez unidades de tiempo más pequeñas me recuerda a la paradoja de Aquiles y la tortuga, en la que el héroe aqueo aliado del comparsa Ulises perseguía a una tortuga, pero cuando llegaba a donde estaba la tortuga un tiempo antes, ésta ya había abandonado el lugar, y cuando volvía a llegar al nuevo lugar de la tortuga...ésta había vuelto a moverse, con lo que Aquiles nunca daba caza al animal más lento de todo el reino).

Desde aquella tarde en que volví a cruzar la tierra, la he recorrido ya muchos días, siempre por diferentes sendas, por arriba, por abajo, por la izquierda y la derecha, hasta Pelabravo y más allá, hasta Calvarrasa de Arriba y de Abajo. Y aún así, nunca podré abarcar ni entender todo lo que me dicen estos parajes. Desde Poniente, los últimos rayos dotan de una palidez crepuscular a la tierra, unos suaves tonos anaranjados luchan inútilmente contra la devoradora oscuridad, vano esfuerzo para escapar del destino, y estos últimos rayos solares perpendiculares a mi trayectoria desaparecen de vez en cuando engullidos por algunos solitarios árboles que anuncian la proximidad del bosque. Algunas nubes se han ido formando a lo largo de la tarde, pero contemplarlas desde la tierra han evocado, de nuevo, a días pasados, y más vivos que los cielos grises de ciudad de ahora. El pasado regresó en el mundo de los sueños, que se hicieron realidad, no por condescendencia del rey Océano, sino por cruzar el umbral de la tierra, cerrar un ciclo, acabar un verano viendo empezar otro.

Supongo que, con estas palabras, doy por terminada, al menos mi colaboración, en este foro veraniego. Hoy ya no es verano, aunque el Otoño se haga de rogar, y sin embargo, la tierra es la misma, la misma en Otoño que en Verano, la misma ahora que hace diez años, sólo hay que entrar en ella, siempre estuvo ahí, siempre fue esto. La tierra siempre fue Ulises.

No hay comentarios: