Salamanca, la eterna ciudad de los estudiantes, acogía a personas de toda índole. En la Plaza Mayor, los viejos y jubilados, puesto ya el sol, huían lentamente, gastando sus últimas energías recogidas en el proceso fotosintético realizado a partir de las 17:00 h en las terrazas de las cafeterías, en las que habrían maldecido mediante monosílabos, quién sabe si a todos los zorrones que llevaran minifalda, o a su propia parienta, quien le daría la razón en sus reflexiones sobre la pérdida de los valores cristianos y la lenta e inexorable rotura de España. Los grupos de jóvenes se arremolinaban en torno a los haces de luz: allí unas británicas hablando de su nuevo pantalón, allá unos franceses con su propia bandera anudada al cuello, acullá unos ídolos esperando a que vinieran las personas que al final no vendrían… en efecto, el Alex, yo, y la ETA, osea, Joan Antoni.
Sí, la ETA. La pose de intelectuales de izquierdas que manteníamos Alex y yo no era suficiente para Juanchi. No éramos suficientemente ETA. Por eso mismo caminábamos distraídos por la calle Zamora, meditando, pensando, ¡implicándonos! en resolver los problemas de la ciudadanía, como los de esos infantes que se manchaban el jersey de la comunión con un helado de chocolate, comprando ¡a quién sabe qué extranjero!, mientras reían alborozados, y con ellos toda su familia. En estas digresiones nos encontrábamos mientras Juanchi nos echaba en cara que fuéramos tan poco de ETA, que fuéramos simplemente intelectuales de izquierdas, y que no le esperáramos ¡menos de un minuto! (dicho así con aspavientos y terminado con un “¡es que es increíble, osea, es que es increíble!”). Las trampas en las que caíamos nosotros, los falsos progresistas, eran numerosas: la socialdemocracia acechaba en cada esquina.
¡Es que es increíble, osea, es que es increíble!
Ocho litros, ¿no serían demasiados? Pensaba falazmente yo. Al parecer estaba equivocado, tal como aseveraban Juanchi, Alex, y los chinos que regentaran aquel 24 horas. ¿No eran chinos? ¿Acaso eran vascos? ¿Acaso eran ETA? Entonces eran chinos. Llegamos media hora después a la plaza de la Estatua (la “mítica plaza de la estatua”), cuando ya las falanges de los dedos de la mano habían desaparecido y nuestras manos habían estado a punto de convertirse en tejido necroso debido a la falta de riego sanguíneo. Aunque toda noticia sobre desaparición de falanges, en principio, debería ser una buena noticia para ETA. Mis sentidos volvían a engañarme, pues había sobrado bebida, incluso con las incorporaciones de Peña y el Guada. Yo estaba equivocado, menos mal que mis compañeros me volvían a abrir los ojos, como el maestro que, a su pequeño alumno, le explica que no, que no es malo que él le desnude en clase y le meta la verga por el ano, llenándole el recto de la semilla de la vida.
Sin embargo, una sombra oscurecía en parte la luz que iluminaba a aquellos ídolos. En efecto, Juanchi reprochaba a Alex no haberse disculpado en voz un poco más alta cuando dijo que la presa de Aldeadávila era la presa de Aldeadávila. Pero ya se sabe que cuando ETA hace algo mal, luego dice que se equivocó en voz alta. “¡Hala, nos hemos cargado la T4 y la tregua! ¿Cómo ha podido ocurrir?” – dijo consternada la ETA – “¡si solo eran 180 kg de amonal en el sótano del aparcamiento!” También nos enteramos de que un grupo de gichos, según la teoría de Juanchi, es una buena pantalla si llevan a una mocetona, porque ella, fémina y por tanto débil, no puede correr (lo cuál, a pesar de mi filiación socialdemócrata, no puedo refutar, si se trata de una auténtica hembra gicha calzada con tacones o con zapatillas de plataforma que superen cada una el propio peso de la hembra). Los gichos se fueron, y luego volvieron los dos “juanchis” del grupo a recoger la basura. Es decir, a ver si quedaba algo de alcohol, para luego largarse mientras destrozaban una botella en el suelo. Pero sabiendo lo que hace ETA, lo raro es que uno se extrañe de esto.
Todo el que vote a Juanchi en las elecciones estará votando a ETA
Luego fuimos al Luuuux. ETA, osea Juanchi, pedía apoyo logístico para iniciar el rito del apareamiento con una rubia enfundada en vestido blanco. Pero un mal cálculo estratégico le hizo errar el tiro, con lo cual terminó entrando a la gorda del grupo. Y la gorda…
¡Es que es increíble, osea, es que es increíble!
Bien, no todo serían gordas endiosadas durante la noche. Juanchi prosiguió en su empeño con otra hembra, mientras Peña distraía a su amiga – “qué sosa y qué fea, es que es increíble” – fueron las palabras más o menos literales de Peña. Luego ocurrió algo que no ví porque me fui al Leonardos a comer una hamburguesa normal, que resultó que sabía a pollo. ¿Una hamburguesa que sabía a pollo? ¿Acaso estaba en Matrix? No, es que la hamburguesa normal no tenía hamburguesa, sino cachos de pechuga de pollo. Ahí comprendí que la alternativa que ofrecía ETA era mucho mejor, pues el capitalismo era esto: un vulgar trozo de pollo en donde debía haber una hamburguesa grasienta. Regresé al Luuuux donde Alex me presentó a “La Jana”, una gicha de bachillerato que era peluquera. Yo le hablé de mi diente roto, ella me habló de su diente roto. En ese momento de erotismo duro comprendí que “La Jana” se tiraría a cualquiera que le mirara el culo, y que probablemente lo habría hecho con todos los de su clase, los de dos cursos más adelantados, y la mitad de los profesores no homosexuales ni informáticos del instituto. Pero, ¿por qué estaba allí “La Jana”? La respuesta estaba a un par de pasos, justo donde Juanchi borrokeaba a su amiga – “es que es la más fea del local, es que es increíble” – fueron las palabras más o menos literales de Alex. Aquí hubo un segundo error estratégico de ETA. Porque él estaba claro que pretendía a la amiga de “La Jana”, “la más fea entre las feas del Luuuux”, “la perla de la fealdad del Luuuux”, y ella dijo que se iba al baño, y se fue con “La Jana”, y añadió que “ahora venían”, pero Juanchi dijo que nos íbamos de allí, nos fuimos todos, y ya en la esquina de la calle, después de una airada discusión acerca de hacia dónde nos dirigiríamos, salieron “La Jana” y su amiga, y Juanchi se acercó a ellas para preguntarles que adónde iban, y ellas se iban ya a casa. A veces confieso que no entiendo lo que hace ETA, pero si lo decía ETA, por algo sería. Luego se fue al Camelot con el Peña, y Alex y el Guada y yo tomamos la dirección opuesta para encaminarnos hacia Varillas.
¡Es que es increíble, osea, es que es increíble!
Esta vez no hubo llamadita a la ex para recordarle lo pequeñas que tiene sus tetas, que ya puestos habría que hacerlo de forma original: “es que tus tetas son más insignificantes que las de Bebe, anda, come un poco de pan para engordar, que tienes tetas de cabra, que tus costillas se marcan más que tus tetas… ¡zorra!”; Visto de esta manera, es normal que luego te encuentres con gordas endiosadas: al menos tienen tetas. Yo a la puerta del Kindin me encontré con Txutxi el abetxalote, que si bien siempre fue un poco ETA, ni comparación con lo que es Juanchi. Quiero decir, si en una hipotética escala de ETA el Txutxi es la madre del rey, esa que llevaba el cuello así como para tocar el violín, pues el Juanchi sería Letizia, o directamente el Príncipe, etamente hablando. El Príncipe de la ETA.
Txutxi me contó que se había medio pegado con un gitano que le había tirado al suelo, y luego estaba por allí el Luis, que conocía al Guada de clase, o era el Guada el que conocía al Luis, aunque me inclino a pensar que más bien se conocerían ambos recíprocamente, como dos espiras de alambre que alternativamente producen campos magnéticos al circular la corriente a su través. Gráficamente sería algo así. Luego vimos a Toro, quien admiró la fotaleza de mis antebrazos, y también llegó Jose A. Andrés, el doctor-periodista de la Voz de Salamanca. En fin, demasiadas cosas que solo puedo resumir en una: La mayoría de salmantinas o estudiantes de la universidad de Salamanca son bordes. Pero no son bordes en plan “mira, aquí una mesa, aquí el borde de la mesa”, o ni siquiera como “mira, aquí una acera, aquí el bordillo de la acera”. Solo por exaltar la hermosura de una manceba, una muchacha guapetona, ya te atraviesan con la mirada. Decir que son sosas sería reconocer que el tofu es salado, decir que son bordes implicaría reconocer que los hermanos Gallagher son los músicos (“músicos” quería decir) más simpáticos del Reino Unido, estaría a la misma altura que otorgar el Nobel de la Paz a Ariel Sharon y Al Zarqaui juntos, ya ni siquiera a la ETA. Adónde vamos a llegar.
Aún quedarían unas pinceladas, sin embargo, de exaltación de la amistad hacia el final de la noche: Juanchi llegó al Yunke, y mientras pedía, los demás nos fuimos de allí. Esperámosle fuera mientras Alex enumeraba las virtudes de los bocadillos de dicho restaur… quería decir, “restaur”…, del Yunke: Doble de pan que antes, al que añaden harina por encima, de tal manera que al entrar en contacto con la saliva se forma un bolo alimenticio que no cae ni con los movimientos peristálticos de Godzilla. Sí, es increíble, pero no vamos a extrañarnos que a estas alturas en los bares te vayan a salar las comidas para pedir más bebida. ¿No querías capitalismo? Pues toma dos saleros. Haber elegido ETA. Y bueno, luego me comí la mitad del bocata de Juanchi, porque si pides hamburguesa y te ponen pollo, lo mínimo que puedes hacer luego es pedir lomo y esperar que sea lomo, tal que si atraviesas la presa de Aldeadávila no vas a creer que es el Pantano de Santa Teresa. Claro, o la charca de Sepulcrohilario, no te jode. Y ya al final la noche nos salió perfecta, porque entramos los cuatro en un taxi, y lo pagó todo el Alex o el Peña, porque yo me bajé un poco antes junto con ETA. Es que era increíble, menos mal que al día siguiente no había que hacer
¡Es que es increíble, osea, es que es increíble!Muchas gracias.
"Desde que nos subimos a ese tren de la Deutsche Bahn, nuestra vida es mucho más emocionante"
